Cuando Donald Trump se propuso desafiar a China, su objetivo era frenar su ascenso, pero puede que haya logrado lo contrario. Al obligar a Xi Jinping a replantearse el comercio, reforzar las cadenas de suministro y reducir la dependencia de Estados Unidos, Trump empujó a China a adaptarse en lugar de hundirse.
Canadá ya no se limita a tomar partido discretamente. El giro de Mark Carney hacia China supone un rechazo calculado a la presión económica de Estados Unidos y una apuesta por que el futuro orden mundial se configurará tanto en Pekín como en Washington.